Miras hacia atrás, y una mancha borrosa de instantáneas intermitentes conforman toda una etapa de tu vida. Vienen y van, sin sentido lógico aparente, y te inundan la mente. Cada día, tan efímero como cualquier noche estelar, se guarda en el baúl encintado de los recuerdos. Recuerdos cerrados, ya no revividos, hacen que te des cuenta de que eres una persona nueva, con unos ojos nuevos, y un nuevo brillo interior. Con cada líquido ingerido sientes las palpitantes ganas de soñar y de sentir.
La frescura del sorbo clarea tu mente, la incita a sonreír. ¿Dónde quedaron las inocentes tardes en el parque, los vaivenes de una mente en efervescencia que a tientas saboreaba el dulce olor de las nuevas experiencias? Experiencias inolvidables, necesarias, causa de mi ser, de mi estabilidad y de mi madurez personal en constante desarrollo. Y ahora, aquí, vuelvo a andar a tientas, a tientas ante unos paisajes exóticos y desconocidos. Paisajes que ayudan al explorador perdido a deslizarse suave y profundamente entre las lianas hasta caer en un lago, que a los ojos del joven parece no tener fin. Sólo quiere deslizarse entre las lianas...


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