sábado, 28 de septiembre de 2013

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Cuando pienso en todos los niños del mundo, los imagino en hileras infinitas, tan infinitas que ni siquiera a la vista alcanzan, todos vestidos con la ilusión de cada instante, de cada minuto, de cada estímulo.

Y es que la infancia es la época de los sueños inconscientes, de los logros humildes, y de la esencia a partir de la cual se recorrerá el interminable camino de las experiencias amargas y intrínsecas a todo ser humano que camina en este mundo desequilibrado. Y esas esencias son realmente la parte más escondida del alma. En un recóndito lugar se esconde, palpitante, la llama tenue cuyas chispas accionan los sentimientos imperantes del comportamiento humano: egoísmo, bondad y ansia de vivir. Ansia de vivir.

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