jueves, 9 de enero de 2014

Entre la turbia sobriedad de la noche y los murmullos secos de una juventud ferviente,
los pasos se concedían la amabilidad de sonar firmes, 
junglas nocturnas, extensas, exóticas, se abalanzaban frente a mí como un cuento macabro pero excitante. ¿Qué tenía enfrente? Ni yo misma lo sé ahora. Lo supe, en su momento, pero ya lo olvidé. 
Sólo el recuerdo de sonrisas intercaladas entre la ebria noche, y sus manos, humeantes, que empapan de caos y oscuridad las mentes y el sexo. 
Recuerdos de ceniza, alcohol y ebriedad estimulante, apacible pero recuerdos concretos, palpables y impresionantes. Ojos cobrizos y punzantes, estremecianse mis adentros en un segundo, en una milésima recontada. Y fumas. Y frotas la frialdad de cada fricción frenética. Finísimos frascos de fuego. Y fumas.  

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